capítulo 2
doña Elvira



Esta mañana el espectáculo le correspondía a doña Elvira de Sanchez. A la hora del desayuno, esta vez a las 10 am, en la entrada de la iglesia solo había un par de personas, que al parecer no eran allegadas al difunto ya que su postura y su actitud no denotaban esa devastadora tristeza que caracteriza a quien ha perdido a un ser amado.

Recuerdas que eran las 10 am porque anoche los tragos habían venido uno tras otro casi por urgencia. Te despiertas, e intentas abrir los ojos y sientes como si te hubieran colocado pegamento ya que no logran abrir en su totalidad. El dolor de ojos es insoportable por unos momentos. La garganta la sientes tan reseca que piensas que te desangraras si intentas emitir alguna tipo de sonido o piensas que se iniciara un incendio ahí mismo, adentro. Tus manos tiemblan sin control y recuerdas a pacientes con mal de Parkinson.


Esta vez bebiste de mas, otra vez despertando con la misma ropa de anoche. Te levantas de la cama y te sientas en la orilla solo para colocarte tus botas de piel café y sales a buscar el desayuno, al mismo lugar de siempre. El lugar al que vas es un local que se encuentra en una orilla de una gran plazoleta, rodeada por una iglesia y una funeraria, una enfrente de la otra.


El local del desayuno se encuentra frente al señor que bolea zapatos, o vale lo mismo decirlo al revés. Frente a la entrada de la iglesia y a plena vista desde el local donde desayunas, se encuentra la carroza esperando por quien hasta ayer había dado su ultima palabra a otro ser humano, (de aliento, enojo, felicidad a alguna ser querido). La carroza que esta esta esperando por quien, aun ayer, se preocuparía por cosas banales de la vida, pagos por hacer, compras que realizar y compromisos que atender. O quizás la carroza estaba esperando por quien, el día de ayer, aun batallara contra la muerte a causa de alguna enfermedad terminal. La realidad es que no sabrías jamás ya que no conocías al difunto.


Cada mañana, durante el desayuno, o bien podría decirse, durante la espera del gran espectáculo, te daban ganas de entrar y sentarte a escuchar la misa mientras observas a los participantes para así determinar, a partir de quien lloraba mas o quien tenia la mirada mas ausente, quien era el ser mas allegado al difunto.  Quizás de esta manera podrías conocer un poco al difunto. Viendo a la persona que mas lloraba, o cuya mirada denotaba la perdida del alma, podrías saber si la difunta había sido una abuela, una madre, una hermana. Aquella persona la que había decidido repentinamente dejar de existir y dejar el vacío en aquellos quienes la acompañaban.


Una chica vestida de con ropa casual, unos jeans y chaqueta de mezclilla, se asoma a la iglesia, nada apropiada para el evento que, aun siendo la muerte de un ser querido, exige mas reglas de etiqueta y sociedad que la vida misma. No solo se asoma si no que entra, como si quizás casualmente fuera pariente de la difunta y casualmente nadie le informara de su muerte y se enterara así, de esa manera tan casual. Si, casualmente. Pero tu no crees en casualidades. Quizás solo era alguien que tenia la misma curiosidad que tu por saber quien era la difunta, observando a las personas que lloran, lloran y no hacen mas que llorar.


Se te viene a la mente la imagen del evento social en algún pueblo donde “el muertito” yace en su ropa exactamente como vestía al momento de perder la vida, quizás aun lleno de sangre, y lo observas con los ladrillos que dispusieron como almohadilla para su cabeza, mientras todo lo velan al rededor de él en la casa donde alguna vez comia, dormia y hacia el amor a la esposa que dejo viuda.


Mi abuelo decía que el cafe que servían en esos eventos era de la misma agua con la que lavaban al muerto. Ese muerto, sobre los ladrillos no parecía haber sido bañado, así que bebías el cafe a sorbos discretos, dudando y tratando de borrar ese relato de tu mente.


Desayunar cada mañana en primera fila a este espectáculo te hacia reflexionar y poner las cosas en perspectiva. Te hace masticar mas despacio la comida por miedo a morir atragantado o asfixiado. Te hacia pensar en tu hígado al cual habías sometido a tremendas cargas de alcohol por tantos años, sobre todo ayer. Te hacia pensar en tu corazón, esa bomba natural latiendo con tanta fuerza y de repente fallando, deteniendo el bombeo de sangre, evitando que llegara a tu cerebro. Te hacia pensar que una vez cayendo al piso, muerto, tu serias el próximo protagonista de ese show diario de cada mañana. Que alguien mas te observaria, como te observan ahora, erguido, bien vestido y lleno de vida. Esta vez te observarían dentro de una caja y quizás se harían las mismas preguntas que tu te haces al respecto del difunto. Quien era, que hacia? A quien deja atrás en esta vida, solos, tristes, con mirada de haber perdido el almas, perdidos.


Piensas en la cantidad de flores que te darían ahora que tu cuerpo yace inerte y sin vida, pálido y maquillado dentro de la caja, y piensas en la cantidad de flores que recibiste en vida. Peor aun, piensas en la cantidad de flores que diste a otras personas, a otras mujeres, a tus amantes. Y recuerdas que en este momento eres un hombre sin mujer y que perteneces a ese grupo de hombres sin mujeres y también descubres que al escribir esa ultima frase te recorre un escalofrío por todo el cuerpo, subiendo por la espalda y llegando hasta la nuca.


Recuerdas también la razón por la que regalabas flores y te mareas. Te mareas porque el recuerdo de todo aun es muy real, muy palpable. Esta ahí contigo, acosandote y descargandote dosis de culpa y castigo de vez en cuando. Si, es verdad, tu juez interior es muy fuerte y te castiga tremendamente. Te castigas porque sabes que actuabas con culpa. Regalabas flores que comprabas, pero no solo intercambiabas dinero por flores, si no flores para eximirte de culpa. Para comprar perdón.


Y dabas esas flores esperando el perdón absoluto sin saber que no había jardín suficientemente grande que te permitiera entregar el mayor ramo del mundo para lograr obtener el perdón de la persona de quien mas lo necesitabas. Si, de esa persona que todos los días te mostraba el lado mas horrible de su ser para ejercer una moral absurda que descargaba dosis letales de culpa.


La mesera del local se acerca y te hace volver a la realidad, te pregunta si deseas algo mas.


Si, un poco de perdón, un poco de liberación de culpa y un poco de paz interior.

(Dame un poco de perdón, dame un poco de liberación de culpa, dame un poco de paz interior)


Le respondas que te traiga la cuenta y pagas la misma cantidad de todos los días. Al salir, te quedas parado en la plazoleta, camuflajeado entre todos los dolientes para poder observar el espectaculo. Observas a 6 de los allegados cargar la caja con esfuerzo y bajar las escaleras. Bajan con esfuerzo no solo por el peso si no porque saben que una vez dentro de la carroza se acercan mas al final, a la despedida. La colocan dentro de la carroza, aquella la cual es custodiada por el chofer quien portaba su uniforme característico de chofer y un auricular manos libres en el oído izquierdo.


Te quedas observando porque es el momento culminante, el momento mas emocionante de tu día. Observas en su totalidad al resto de invitados al ultimo evento social de doña Elvira. Observas a los jóvenes que no pierden la oportunidad de lucir su vestimenta cual pasarela de moda. A las mujeres que lucen sus relucientes piernas bajo medias largas en forma de malla y con faldas cortas. Comienzas a sentir ansiedad y la ansiedad se traduce inmediatamente a un impulso incontrolable de acostarte con la primer mujer que se cruce tu camino, si es que esta dispuesta a aceptarlo. Decides esperar, y disfrutar del espectáculo final, doña Elvira se despide y se dirige hacia su ultima morada.


Regresas a tu apartamento y te quitas toda la ropa para poder meterte a la cama. Cierras tus ojos y el contacto fresco de las sabanas con tu cuerpo te hacen sentir relajado. Tu mente evoca el espectáculo matutino que acabas de presenciar. Con la imagen de las bellas dolientes en sus cortas faldas y mostrando sus bellas piernas, imaginándotelas acostadas a tu lado, con las piernas entre cruzadas y abrazados, te duermes profundamente."